Todo está en las manos de Dios




Cuando existe celo en el alma, la gracia del Espíritu Santo, como una llama, está también presente. Una llama se alimenta con aceite, y el aceite espiritual es la oración. Tan pronto como la gracia toca el corazón, la semilla de la oración es depositada allí, e inmediatamente el intelecto y el corazón se vuelven hacia Dios. Los pensamientos divinos aparecen con total naturalidad.

La gracia de Dios orienta la atención del intelecto y del corazón hacia Dios y las conserva fijadas sobre él. Como el intelecto no permanece inactivo un instante cuando está orientado hacia Dios, piensa en él. Es por ello que el recuerdo continuo de Dios es el fiel compañero del estado de gracia. El recuerdo de Dios no está jamás ocioso en nosotros, por el contrario, nos lleva irremisiblemente a meditar sobre la perfección de Dios, sobre su bondad, su verdad, su creación, su providencia, sobre la redención, el juicio y la recompensa. Todo este conjunto constituye el universo de Dios, o el reino del espíritu. Aquél que tiene celo permanece siempre en ese reino; a la vez, permanecer en ese reino sostiene y anima su celo. Si queréis permanecer llenos de celo, conservad el estado que he descrito más arriba. Cada elemento de ese reino es como leña para el fuego espiritual. Tenedlo siempre a vuestro alcance y tan pronto como percibáis que el fuego del celo comienza a declinar, tomad madera en vuestra provisión espiritual, reavivad el fuego y todo irá bien. De todos esos movimientos espirituales se desprenderá el temor de Dios y permaneceréis con respeto en la presencia de Dios en vuestro corazón. El temor de Dios es el guardián y el defensor de ese estado de gracia. Mantened en vosotros ese temor divino, reflexionad sobre él e imprimidlo profundamente en vuestra conciencia y en vuestro corazón. Vivificadlo constantemente en vosotros y, en cambio, él os dará la vida.

Vuestra buhardilla es exactamente como una celda en el desierto. Os es posible no ver ni escuchar nada. Podéis leer un poco y pensar, podéis pensar un poco y luego orar nuevamente. Eso basta. ¡Si solamente Dios quisiera otorgarnos el calor del corazón y establecerlo en nosotros! Una conciencia pura y un movimiento incesante hacia Dios en la oración, deberían normalmente producirlo. Pero todo está en las manos de Dios.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

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