No extingáis el Espíritu



«No extingáis el Espíritu» (I Tess. 5, 19). El hombre vive habitualmente sin preocuparse de rendir culto a Dios, sin ocuparse de su salvación personal. La gracia despierta al pecador dormido y lo llama a la salvación. Si él escucha ese llamado con espíritu de arrepentimiento, decide consagrar el resto de su vida a obras agradables a Dios para, así, llegar a la salvación. Esta resolución se manifiesta por el celo y el ardor; y éstos, a su vez, llegan a ser efectivos cuando la gracia divina los fortifica por medio de los sacramentos. Desde entonces, el cristiano comienza a arder en espíritu, es decir que es presa de un ardiente celo para el cumplimiento de todo lo que su conciencia le revela como la voluntad de Dios.

Puede entonces, o bien mantener en él ese ardor espiritual, o bien extinguirlo. Se mantiene, sobre todo, por los actos de amor hacia Dios y el prójimo – lo que es, en verdad, la esencia misma de la vida espiritual – por la fidelidad a los mandamientos en general, con una conciencia apacible, por una generosidad que permanece sorda a los reclamos del cuerpo y el alma, y por la oración y el pensamiento de Dios. Por el contrario, esta llama se extingue por la distracción en la atención a Dios y a sus voluntades, por la ansiedad excesiva en relación a las cosas de este mundo, por la indulgencia con los placeres sensuales, por el abandono a los deseos de la carne y por el esclavizamiento respecto a las cosas materiales. Si ese ardor espiritual se extingue, la vida cristiana no tardará también en extinguirse.

San Juan Crisóstomo habla muy largamente de este ardor del espíritu. He aquí, en resumen, lo que dice: «Una bruma, una oscuridad y nubes espesas se han expandido sobre la tierra. Es al respecto que el Apóstol dice: ‘Pues vosotros erais tinieblas’ (Ef. 5, 8). Estamos sumergidos en la noche y no tenemos la claridad de la luna para mostrarnos el camino; ahora bien, es en esa noche que debemos marchar. Pero Dios nos ha dado una lámpara brillante encendiendo en nuestras almas la gracia del Espíritu Santo. Algunos, después de haber recibido esa luz, la han hecho más brillante y más clara; tales fueron Pablo, Pedro y todos los santos. Pero otros la extinguieron; tales fueron las cinco vírgenes imprudentes, aquellos que naufragaron en la fe, los fornicadores de Corinto y los Calatas separados de su fidelidad primera. San Pablo dice ‘No extingáis el Espíritu’, es decir, el don del Espíritu, pues es habitualmente de ese don, de lo que quiere hablar cuando dice ‘el Espíritu’. Ahora bien, lo que extingue al Espíritu, es una vida impura. Pues si alguien vierte o arroja tierra sobre la luz de una lámpara, ésta se extingue; y lo mismo se produce si, más simplemente, se saca el aceite. Es de la misma manera que se extingue en nosotros el don de la gracia. Si tenéis la cabeza llena de cosas terrestres, si os habéis dejado absorber por las preocupaciones cotidianas ya habéis extinguido en vosotros el Espíritu. La llama muere también cuando no hay suficiente aceite en la lámpara, es decir, cuando no mostramos bastante caridad. El Espíritu ha venido a nosotros por la misericordia de Dios, y si no encuentra en nosotros frutos de misericordia, se alejará, pues el Espíritu no hace su morada en un alma sin misericordia.

«Tened, pues, cuidado de no extinguir el Espíritu. Toda mala acción extingue esa luz; la murmuración, las ofensas, o cualquier otra cosa análoga. La naturaleza del fuego es tal que, a todo lo que le es extraño, lo destruye, mientras que a todo lo que le está emparentado, lo fortifica. Esta luz del Espíritu actúa de la misma manera».

Tal es la manera en que el espíritu de la gracia se manifiesta en los cristianos. Por el arrepentimiento y la fe, la gracia desciende en el alma del hombre con el sacramento del bautismo, o le es devuelta por el sacramento de la penitencia. El fuego del celo es su esencia, pero puede tomar direcciones diferentes según las personas. El espíritu de la gracia conduce a algunos a concentrar todos sus esfuerzos sobre su propia santificación sometiéndose a una ascesis severa; otros se orientan principalmente hacia las obras de caridad, mientras hay quienes se sienten impulsados a consagrar su vida a la buena organización de la sociedad cristiana. También hay algunos que se dedican a hacer conocer el Evangelio por la predicación, como fue el caso de Apolos quien, ardiendo en espíritu, predicó yenseñó a Cristo (Hechos, 18, 25).

Trabajad y ejercitaos, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá. No os debilitéis, no os desaniméis. Pero, al mismo tiempo, recordad que esos esfuerzos no son, por nuestra parte, nada más que tentativas para atraer la gracia; no son la gracia en sí misma, debemos continuar buscándola. Lo que más nos falta es, precisamente, esa fuerza estimulante de la gracia. Notad bien que, cuando reflexionamos u oramos, o hacemos alguna otra cosa de esta naturaleza, es como si introdujéramos por la fuerza en nuestro corazón alguna cosa que le es extraña. Entonces, he aquí lo que sucede a veces: cuando nuestros pensamientos y nuestras oraciones nos producen una impresión, sus efectos descienden en nuestro corazón hasta una cierta profundidad según la intensidad de nuestros esfuerzos; pero enseguida, después de un cierto tiempo, esta impresión es rechazada —como un bastón arrojado verticalmente en el agua está forzado a salir de ella—, en razón de una especie de resistencia del corazón, que es desobediente y poco habituado a esta clase de cosas. Inmediatamente después, la frialdad y la dureza se apoderan de nuevo del alma como signo seguro de que lo que habíamos experimentado no era la acción de la gracia, sino solamente el efecto de nuestros propios esfuerzos y de nuestro trabajo.

No os contentéis con esos solos esfuerzos, no permanezcáis en ese nivel como si fuera eso lo que debíais encontrar. Sería una peligrosa ilusión. Sería igualmente peligroso imaginaros que hay mérito en todo ese trabajo, y que ese mérito debe necesariamente ser recompensado. En absoluto: esos esfuerzos son solamente una preparación para recibir la gracia; pero el don en sí mismo depende únicamente de la voluntad del Donante. Es por ello que, haciendo uso cuidadoso de todos los medios que acabamos de describir, debemos continuar viviendo en la espera de la visita divina, que llega de improviso y no se sabe de dónde.

Es solamente cuando esta fuerza estimulante de la gracia está allí, que comienza realmente la obra interior que transforma nuestra vida y nuestro carácter. Sin la gracia es inútil esperar el éxito; no puede haber más que una serie de vanas tentativas. San Agustín (5) lo testimonia, pues hizo largos y violentos esfuerzos para dominarse, mas no lo consiguió sino cuando se encontró colmado por la gracia. Trabajad con una confiada esperanza; la gracia llegará y pondrá todo en orden.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales



De la impotencia a la fuerza



Si todo va bien, aquél que busca a Dios se decide, después de reflexionar, a abandonar sus distracciones y a vivir en la mortificación, inspirado en esto por el temor de Dios y por su propia conciencia. En respuesta a esta resolución, la gracia de Dios que, hasta ese momento no había actuado en él más que desde el exterior, entra en su alma por los sacramentos, y el espíritu de ese hombre, antes débil, está ahora lleno de fuerza.

A partir de entonces, adquiere el discernimiento y la libertad interior; comienza a llevar una vida interior en presencia de Dios, una vida verdaderamente libre, conforme a la razón y dirigida desde el interior. Las importunidades del alma y del cuerpo, y la presión de los acontecimientos exteriores, no lo distraen ya; por el contrario, llega a dominarlos bajo la conducción del Espíritu Santo. Gobierna como un autócrata sobre el trono de su corazón y, desde allí, ordena como deben ser organizadas y realizadas las cosas. Esta soberanía comienza desde el instante de su transformación interior, desde la entrada en él de la gracia, pero ella no alcanza inmediatamente toda su perfección. Sus antiguos amos se introducen por la fuerza y, no solamente provocan desorden en la ciudad, sino que a veces reducen al soberano a la cautividad. Al principio, esto sucede a menudo; pero, un celo lleno de vigor, una atención constante en sí mismo y en su obra espiritual, una sabia paciencia ayudada por la gracia divina, hacen esos desastres cada vez más raros. Finalmente, el espíritu se hace tan fuerte que los ataques de aquellos que anteriormente lo dominaban llegan a ser como un grano de polvo arrojado contra un muro de granito. El espíritu permanece constantemente en sí mismo y en presencia de Dios y, por el poder de Dios, su reino es firme y sin turbación.

El tiempo de las búsquedas infructuosas termina por pasar, y el feliz buscador encuentra lo que buscaba. Descubre el lugar del corazón y se instala allí con su intelecto en presencia de Dios. Permanece allí como súbdito fiel ante su rey y recibe, de este último, el poder de gobernar su vida interior y exterior, según el buen placer de Dios. En ese momento, el reino de Dios entró en él y comienza a manifestarse en su fuerza natural.

Ahora es necesario comenzar a habituarnos a la oración espiritual. Las primicias de esta oración estimulan nuestra fe, la fe vivifica nuestros esfuerzos y los hace fructuosos; y así la obra se desarrolla con éxito.

Si llegamos al hábito de la oración espiritual, descubriremos que, por la misericordia de Dios, el deseo interior que tenemos de él se hace más frecuente. Sucede finalmente que esta atracción íntima no cesa, y entonces se comienza a vivir interiormente en presencia de Dios de una manera continua. Esto es el advenimiento, en nosotros, del reino de Dios. Agreguemos, sin embargo, que al mismo tiempo comienza un nuevo ciclo de transformaciones en nuestra vida interior, que puede ser llamado la espiritualización del alma y del cuerpo.

Desde el punto de vista psicológico se puede decir esto: el reino de Dios ha nacido en nosotros cuando el intelecto está unido al corazón y ambos adhieren fervientemente al recuerdo de Dios. El hombre, entonces, se dedica a Dios con todas sus facultades y su libertad, como un sacrificio agradable a Dios, y recibe de él el dominio sobre sus pasiones; gracias a esta fuerza que Dios le comunica, gobierna toda su vida interior y exterior en nombre de Dios.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales



Todo está en las manos de Dios




Cuando existe celo en el alma, la gracia del Espíritu Santo, como una llama, está también presente. Una llama se alimenta con aceite, y el aceite espiritual es la oración. Tan pronto como la gracia toca el corazón, la semilla de la oración es depositada allí, e inmediatamente el intelecto y el corazón se vuelven hacia Dios. Los pensamientos divinos aparecen con total naturalidad.

La gracia de Dios orienta la atención del intelecto y del corazón hacia Dios y las conserva fijadas sobre él. Como el intelecto no permanece inactivo un instante cuando está orientado hacia Dios, piensa en él. Es por ello que el recuerdo continuo de Dios es el fiel compañero del estado de gracia. El recuerdo de Dios no está jamás ocioso en nosotros, por el contrario, nos lleva irremisiblemente a meditar sobre la perfección de Dios, sobre su bondad, su verdad, su creación, su providencia, sobre la redención, el juicio y la recompensa. Todo este conjunto constituye el universo de Dios, o el reino del espíritu. Aquél que tiene celo permanece siempre en ese reino; a la vez, permanecer en ese reino sostiene y anima su celo. Si queréis permanecer llenos de celo, conservad el estado que he descrito más arriba. Cada elemento de ese reino es como leña para el fuego espiritual. Tenedlo siempre a vuestro alcance y tan pronto como percibáis que el fuego del celo comienza a declinar, tomad madera en vuestra provisión espiritual, reavivad el fuego y todo irá bien. De todos esos movimientos espirituales se desprenderá el temor de Dios y permaneceréis con respeto en la presencia de Dios en vuestro corazón. El temor de Dios es el guardián y el defensor de ese estado de gracia. Mantened en vosotros ese temor divino, reflexionad sobre él e imprimidlo profundamente en vuestra conciencia y en vuestro corazón. Vivificadlo constantemente en vosotros y, en cambio, él os dará la vida.

Vuestra buhardilla es exactamente como una celda en el desierto. Os es posible no ver ni escuchar nada. Podéis leer un poco y pensar, podéis pensar un poco y luego orar nuevamente. Eso basta. ¡Si solamente Dios quisiera otorgarnos el calor del corazón y establecerlo en nosotros! Una conciencia pura y un movimiento incesante hacia Dios en la oración, deberían normalmente producirlo. Pero todo está en las manos de Dios.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

Desorden interior o luz interior


El problema que, más que cualquier otro, debe preocupar a aquél que quiere encontrar a Dios, es el desorden de sus pensamientos y de sus deseos. Debe poner todo su celo en eliminar ese desorden. Sólo existe un medio para lograrlo: adquirir el sentimiento espiritual, es decir el calor del corazón unido al recuerdo de Dios.

Cuando ese calor se encienda en vosotros, vuestros pensamientos se calmarán, vuestra atmósfera interior se aclarará, los primeros movimientos de vuestra alma, buenos o malos, os aparecerán con toda claridad desde su nacimiento y tendréis el poder de eliminar inmediatamente lo que sea malo. Esa luz interior se extiende igualmente a las cosas exteriores y revela lo que hay de bueno o malo en ellas; ella proporciona la fuerza de elegir lo que es bueno, a pesar de todos los obstáculos. En una palabra, a partir de ese momento comenzará para vosotros esa vida espiritual auténtica y efectiva que buscasteis hasta ese momento, y que sólo se manifestaba en vosotros de manera esporádica.

Ese deseo de Dios del que os hablaba más arriba trae también un calor, pero un calor temporario que cesa cuando cesa el deseo. Pero el calor del que ahora se trata, por el contrario, es permanente y mantiene la atención del intelecto constantemente fijada en el corazón.

Cuando el intelecto está en el corazón esa unión del intelecto y del corazón realiza de hecho la restauración de nuestro organismo espiritual.

El Señor vendrá a esparcir su luz en vuestro entendimiento, para purificar vuestras emociones y guiar vuestras actividades. Sentiréis en vosotros fuerzas que no conocíais. Esa luz vendrá, imperceptible a los sentidos y a la vista, invisible y espiritual, soberanamente eficaz. El signo de este acontecimiento es el nacimiento de un calor constante en el corazón. Cuando el intelecto permanece en el corazón, este calor constante infunde allí el recuerdo de Dios, os da el poder de permanecer en el interior de vosotros mismos; entonces todas vuestras potencialidades interiores llegan a ser realidades. Aceptáis lo que es agradable a Dios y rechazáis lo que le disgusta. Todas vuestras acciones son cumplidas con una conciencia precisa de lo que Dios quiere que ellas sean; recibís la fuerza de gobernar el curso de vuestra vida, tanto interior como exterior, y os convertís en amo de vosotros mismos. El hombre, en ese estado, es habitualmente más pasivo que activo. Cuando el corazón experimenta conciencia de la presencia de Dios en él, alcanza su plena libertad de acción. Es entonces que se cumple la promesa: «Si el hijo os libera, seréis verdaderamente libres» (Juan 8, 36). Es esto, y no algo totalmente desconocido lo que el Señor os da.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

Cómo encender en el corazón una llama continua



Ahora os explicaré cómo encender en vuestro corazón un continuo hogar de calor. Recordad cómo se puede producir el calor en el mundo físico: se frotan dos trozos de madera uno contra otro y el calor viene, luego el fuego; o bien se expone un objeto al sol: se calienta, y si se concentran suficientemente los rayos sobre él, terminará por inflamarse. De la misma manera se produce el calor espiritual. La fricción necesaria es la lucha y la tensión de la vida ascética; la exposición a los rayos del sol es la oración interior hecha a Dios.

El fuego puede ser encendido en el corazón por el esfuerzo ascético, pero este esfuerzo por sí solo no inflama fácilmente el corazón. Muchos obstáculos cierran el camino. Esa es la razón por la cual, hace tiempo, los hombres, deseando ser salvados y experimentados en la vida espiritual, deseando ser movidos por la inspiración divina y sin abandonar su combate ascético, descubrieron otro medio de calentar el corazón. Nos han transmitido su experiencia. Ese medio parece simple y fácil, pero de hecho, no es sin dificultades que se llega al fin. Ese recurso, para alcanzar nuestro fin, es la oración interior que dirigimos, de todo corazón, a nuestro Señor y Salvador. He aquí cómo se la debe practicar: permaneced con vuestro intelecto y vuestra atención en el corazón, persuadidos de que el Señor está cerca y os escucha, y suplicadle con fervor: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador». Haced esto constantemente, ya sea que estéis en la iglesia, en casa, en viaje, en el trabajo, en la mesa o en el lecho, en una palabra, desde el momento en que abrís los ojos hasta que los cerréis para dormir. Será exactamente como si mantuvierais un objeto bajo el sol, pues se trata de manteneros vosotros mismos ante la faz del Señor que es el sol del mundo espiritual. Al principio deberéis fijar un momento bien determinado, por la mañana o la tarde, para consagrarlo exclusivamente a esta oración. Luego descubriréis que la oración comienza a dar su fruto, ella se apoderará de vuestro corazón y se arraigará profundamente en él.

Cuando todo esto se hace con celo, sin negligencia ni omisión, el Señor mira a su servidor con misericordia y enciende un fuego en su corazón; ese fuego demuestra con certeza que la vida espiritual se ha despertado en lo más secreto de vuestro ser y que el Señor reina en vosotros.

El rasgo distintivo de ese estado, en el cual el Reino de Dios nos es revelado, o bien -lo que es igual- en el cual la llama espiritual arde incesantemente en el corazón, es que el ser todo entero se concentra en su vida interior. Toda la conciencia se recoge en el corazón y permanece allí en presencia de Dios. Esparcimos ante él todos nuestros sentimientos, nos posternamos en su presencia con un humilde arrepentimiento, listos para consagrar toda nuestra vida a su solo servicio. El alma permanece en ese estado día tras día, desde el despertar hasta el momento de acostarse; ello se continúa a través de las diversas actividades de la jornada, hasta que el sueño cierra nuestros ojos. Una vez que este orden se estableció en nosotros, los desórdenes que dominaban nuestra vida en el pasado, cesan.

La impresión de insatisfacción y de frustración que nos turbaba antes de qué esta llama espiritual fuera encendida en nuestro corazón, el vagabundaje del espíritu que debíamos soportar, todo ello cesa. La atmósfera del alma se aclara, se libera de nubes. Solo permanece un único pensamiento y un solo recuerdo, el pensamiento y el recuerdo de Dios. La claridad reina en nosotros y, en esta claridad, cada movimiento es necesario y apreciado según su valor en la luz espiritual que emana del Señor al que se contempla. Todo pensamiento malo, todo sentimiento malo que asalta el corazón, es perseguido victoriosamente desde su aparición. Si algo opuesto a Dios se desliza en nosotros a pesar nuestro, es rápidamente confesado con humildad al Señor, y lavado por el arrepentimiento interior o por la confesión exterior, de modo que la conciencia permanece siempre pura en presencia de Dios. En recompensa por toda esta lucha interior, obtenemos la audacia de aproximarnos a Dios en una oración que arde incesantemente en nuestro corazón. Ese calor constante de la oración es la verdadera respiración de esta vida, de tal modo que el progreso en nuestro peregrinaje espiritual se detiene cuando se extingue ese calor interior, igual que la vida del cuerpo se extingue cuando cesa la respiración natural.

Yo no pretendo que todo se cumpla desde el momento en que alcanzamos ese estado de comunión consciente con el Señor. No se trata más que del comienzo de la etapa siguiente, del comienzo de un nuevo capítulo de nuestra vida en Cristo. A partir de ahora, la transfiguración o la espiritualización del alma y del cuerpo comienza, mientras participamos cada vez más en el espíritu de vida que está en Jesucristo.

Habiendo adquirido el dominio de sí mismo, el hombre comienza a hacer penetrar en él todo lo que es verdadero, sano y puro, y a rechazar todo lo que es falso, malo y carnal. Hasta el presente, esto exigía de él los esfuerzos más encarnizados, cuyo fruto siempre se le escapaba; todo lo que conseguía realizar era internamente destruido inmediatamente. Ahora todo es diferente; se mantiene sólidamente de pie, no cede jamás ante las dificultades, y realiza todo lo necesario para alcanzar la finalidad de su vida.

Según San Barsanufio, cuando recibimos en nuestro corazón el fuego que el Señor arroja sobre la tierra (Luc. 12, 49), todas nuestras facultades comienzan a arder en nosotros. Cuando, por un largo frotamiento, el fuego es finalmente encendido y la leña comienza a arder, crepita y arroja humo hasta que está bien encendida; pero, cuando lo está, parece enteramente penetrada por el fuego y proporciona dulce calor y una agradable luz, sin humo ni crujidos. Lo mismo se produce en nosotros. Recibimos el fuego y comenzamos a arder. Pero en medio de humo y de crujidos, ¡solo aquéllos que han hecho la experiencia lo saben! Pero cuando el fuego está bien encendido, el humo y los crujidos cesan, y solo la luz continúa reinando. Ese estado es un estado de pureza y el camino que a él conduce es largo, pero el Señor es muy misericordioso y todopoderoso. Ello pone de manifiesto que, cuando un hombre ha recibido en él el fuego de, una constante comunión con Dios, debe esperar el esfuerzo y no la paz, pero luego, ese esfuerzo será dulce y fructuoso, mientras que, anteriormente era amargo y estéril.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales


La acción de la gracia lo abraza todo


Ante el nacimiento de la vida interior, ante la manifestación sensible de la acción de la gracia y de la unión con Dios, es frecuente que el hombre actúe todavía por su propia iniciativa, en tanto que sus fuerzas se lo permiten. Pero cuando está agotado por el fracaso de sus esfuerzos, renuncia finalmente a su propia actividad y se abandona con todo su corazón a la acción todopoderosa de la gracia. Entonces el Señor lo visita en su misericordia y enciende la llama de la vida espiritual; aprende por su propia experiencia que no son sus esfuerzos los que realizaron en él esta gran transformación; por otra parte, las retiradas más o menos frecuentes de la gracia le enseñan que el mantenimiento de esa llama de vida no depende ya de él.

La aparición frecuente de buenos pensamientos y de buenas inspiraciones, su invasión por el espíritu de oración, que viene no se sabe de dónde ni cómo, todo esto lo convence, por experiencia, de que todo ese bien no es posible para, él más que por la acción de la gracia divina, siempre presente por la misericordia de Dios, que salva a todos aquéllos que buscan la salvación. El se da al Señor, y solo el Señor actúa en él. La experiencia le muestra que no tiene éxito más que cuando se entrega enteramente a Dios. Entonces, ya no vuelve hacia atrás, sino preserva esa gracia por todos los medios posibles.

Los amantes de teorías están muy preocupados por la cuestión de las relaciones entre la gracia y la libertad. Para cualquiera que posea en sí la gracia, la cuestión está resuelta por la experiencia práctica.
Aquél que lleva la gracia en su corazón, se abandona íntegramente a la acción de la gracia y es la gracia la que actúa por él. Esta verdad es más evidente para él que cualquier verdad matemática y que cualquier otra experiencia de la vida exterior, porque ha cesado de vivir en la superficie de sí mismo y está enteramente concentrado en el interior. No hay más que una sola preocupación: ser siempre fiel a la gracia que está en él. La infidelidad ofende a la gracia, hace que ella se aleje o reduzca su acción. El hombre testimonia su fidelidad a la gracia —o al Señor— no permitiéndose nada, ya sea pensamiento, sentimiento, acción o palabra, que sea contraria a la voluntad del Señor. Por el contrario, no desdeña ninguna obra, ninguna empresa, desde que sabe que Dios quiere que la cumpla, discerniendo esta voluntad según las circunstancias y las indicaciones que provienen de sus deseos y movimientos interiores. Esto exige a veces muchos esfuerzos, de renunciamiento de sí mismo y de resistencia a sus instintos, pero él es feliz de sacrificarlo todo al Señor pues, después de cada uno de estos sacrificios, recibe una recompensa interior: la paz, la alegría y un espíritu de oración más audazmente confiado.

Esa fidelidad a la gracia, que va a la par con la oración (la cual, en ese estadio, es continua), hace que el don de la gracia crezca en fervor y en calor. Cuando se enciende un fuego es necesario que el movimiento del aire mantenga la llama y la fortifique. Igualmente, cuando el fuego de la gracia está encendido en el corazón, la oración es necesaria, pues actúa corno una corriente de aire espiritual en el corazón. ¿Qué es esta oración?. Es el incesante movimiento del intelecto hacia el Señor en el corazón, es permanecer constantemente en presencia de Dios, con el intelecto en el corazón, ya sea que esté acompañado o no de oración vocal, pero con sentimientos de devoción, de abandono y de arrepentimiento en el corazón. Es esta actividad, esta disposición del intelecto, lo que constituye el mejor medio para conservar el calor del corazón y todo el orden interior, para dispersar los pensamientos y las actividades malas o simplemente inútiles y para fortificar los buenos pensamientos y las buenas empresas. Los pensamientos y las intenciones buenas vienen; el hombre se hunde más en la oración, y entonces, según esas intenciones se fortifiquen o debiliten, sabe si ellas son agradables o no a Dios. Cuando vienen los malos pensamientos, cuando algo comienza a turbarlo, se hunde nuevamente en la oración sin prestar atención a lo que pasa en él, y los pensamientos turbadores se desvanecen. De esta manera, la oración interior se establece en él como la principal fuerza que conduce y regula la vida espiritual. Es necesario no sorprenderse si todas las instrucciones de los Santos Padres tienden principalmente a enseñarnos a orar interiormente.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




El calor del corazón

Si vuestro corazón toma calor con la lectura de las oraciones ordinarias y ellas os abrasan de amor por Dios, entonces manteneos en ellas.

La Oración de Jesús carece de valor si se dice mecánicamente. No es más útil, entonces, que cualquier otra oración recitada por la lengua y los labios. Recitando la Oración de Jesús, intentad daros cuenta, al mismo tiempo, de que nuestro Señor está próximo, que él permanece en vuestra alma y sabe todo lo que pasa en vosotros. Despertad en vosotros la sed de vuestra salvación y la certidumbre de que sólo nuestro Señor puede otorgárosla. Entonces, recurrid a aquél a quien veis ante vosotros en pensamiento y decidle: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», o bien: «Oh misericordioso Señor, sálvame por el medio que conoces». No son las palabras lo que cuenta, sino vuestros sentimientos hacia el Señor.

La llama espiritual que hace arder nuestro corazón por Dios, nace del amor que sentimos hacia él. Como él es enteramente Amor, cuando toca el corazón, lo enciende e inmediatamente el corazón se abrasa de amor por él. Es esto lo que debéis buscar.

Que la Oración de Jesús esté sobre vuestra lengua, que Dios esté presente en vuestro intelecto, y que en vuestro corazón esté la sed de Dios, de la comunión con el Señor. Cuando todo esto haya llegado a ser permanente, el Señor, viendo vuestros esfuerzos, os acordará lo que le pedís.

¿Qué deseamos y buscamos mediante la Oración de Jesús?. Deseamos que el fuego de la gracia se encienda en nuestro corazón, y buscamos el comienzo de la oración incesante que pone de manifiesto el estado de gracia. Cuando la chispa divina cae en el corazón, la Oración de Jesús sopla sobre ella y hace brotar la llama. La oración no produce por sí misma la chispa, sino que nos ayuda a recibirla; ¿cómo lo hace? Recogiendo nuestros pensamientos y volviendo nuestra alma capaz de permanecer ante el Señor y de marchar en su presencia. Eso es lo más Importante: permanecer y marchar ante Dios, llamarlo desde el fondo del corazón. Es lo que hacía Máximo de Kapsokalyvia, y todos los que buscan el fuego de la gracia deben hacer lo mismo. No deben preocuparse de palabras ni de actitudes corporales, pues Dios ve el corazón.

Os digo esto porque demasiadas personas olvidan que la oración debe brotar del corazón. Todas sus preocupaciones se dirigen a las palabras y a las posturas del cuerpo, y cuando han recitado la Oración de Jesús un cierto número de veces en su postura preferida, o con postraciones, se muestran satisfechos y contentos de sí mismos, y están inclinados a criticar a aquéllos que van a la iglesia para participar, allí, en la oración común. Algunos pasan así toda su vida, y están vacíos de la gracia.

Si alguien pregunta cómo llevar a buen término la obra de la oración, le respondería: «Tomad el hábito de marchar en presencia de Dios, recordadlo y permaneced en adoración. Para mantener ese recuerdo, elegid algunas oraciones breves y repetidlas a menudo con los sentimientos y los pensamientos que corresponden. Mientras os acostumbráis a esto, el recuerdo de Dios iluminará vuestro espíritu y dará calor a vuestro corazón; y cuando hayáis alcanzado ese estado la chispa de Dios, el rayo de la gracia, terminará por llegar a vuestro corazón. No existe medio por el que vosotros mismos impulséis la oración, eso sólo puede venir directamente de Dios. Cuando la chispa haya llegado, dedicaos solo a la Oración de Jesús y, por su intermedio, convertid esa chispa en una llama. Es el camino más directo.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




La regla fundamental

Mantenerse siempre ante Dios en adoración, esto es la oración continua; ésa es su exacta descripción. Y, a este respecto, la regla de la oración no es más que el aceite para la llama, o la madera en el hogar.

Mediante la gracia de Dios se desarrolla, finalmente, una oración solo del corazón, una oración espiritual, suscitada allí por el Espíritu Santo. Aquél que ora está consciente de ello, aunque no sea él el que hace la oración, pues ella se desarrolla por sí misma en él. Una oración semejante es el atributo de aquéllos que son perfectos. Pero la oración accesible a todos, y que es requerida de todos, es la oración en la cual el pensamiento y los sentimientos están siempre unidos a las palabras.

Existe también otra clase de oración que se denomina «permanecer ante Dios»; consiste en que, aquél que ora enteramente concentrado en su corazón, contempla mentalmente a Dios, presente ante él y en él. Al mismo tiempo, experimenta sentimientos que corresponden a ese estado: temor de Dios y admiración adorante ante su grandeza infinita, fe y esperanza, amor y abandono de la voluntad, contrición y disposición a aceptar todos los sacrificios. Ese estado es acordado a aquél que se absorbe profundamente en la oración ordinaria, de los labios, del intelecto y del corazón; aquél que ora así durante un tiempo bastante largo y de la manera conveniente, conocerá ese estado cada vez con mayor frecuencia, hasta que llegue a ser permanente; entonces se podrá decir que él marcha en presencia de Dios y, esto, constituye la oración incesante. David estaba en ese estado cuando decía de sí mismo: «He colocado al Señor ante mí para siempre. Puesto que El está a mi derecha, no seré confundido» (Salmo, 15, 18).

La regla monástica fundamental es permanecer constantemente con Dios en el intelecto y el corazón, es decir orar sin cesar. Lo principal es tener, constantemente, un sentimiento de amor hacia Dios. Ese sentimiento nos da la fuerza necesaria para llevar una vida espiritual y conservar en nuestro corazón su calor. Es ese sentimiento el que constituye nuestra regla. Durante el tiempo que permanece, él reemplaza todas las otras reglas. Si está ausente, no existen lecturas, por asiduas y numerosas que sean, que puedan suplirlo. Las oraciones son hechas para alimentar ese sentimiento, y si no lo hacen no tienen razón de ser. No son más que un trabajo estéril, semejan a un vestido que no cubre ningún cuerpo, o a un cuerpo sin alma.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




Bajo la mirada de Dios

La práctica de la Oración de Jesús es simple. Permaneced ante el Señor con la atención en el corazón y decidle: «¡Señor Jesucristo. Hijo de Dios, ten piedad de mí!» El aspecto esencial de esta oración no se encuentra en las palabras, sino en la fe, la contrición, el abandono al Señor. Con tales sentimientos, se puede incluso permanecer ante el Señor sin ninguna palabra, y estar, sin embargo, en oración.

Trabajad recitando la Oración de Jesús. Que Dios os bendiga. Sin embargo, al hábito de recitar esta oración oralmente, agregad el recuerdo del Señor, acompañado de temor y piedad. Lo principal es marchar ante Dios, o bajo la mirada de Dios, conscientes de que Dios nos mira, que busca nuestra alma y nuestro corazón, que ve todo lo que pasa. Esta conciencia es la palanca más poderosa que existe en el mecanismo de la vida espiritual.

Está escrito en los libros que, cuando la Oración de Jesús adquiere fuerza y se establece en el corazón, nos colma de energía y expulsa la somnolencia. ¡Pero, una cosa es decir que ella viene habitualmente a la lengua y, otra, que se ha establecido en el corazón!

Penetrad profundamente en la Oración de Jesús con toda la fuerza de que seáis capaces. Ella realizará la unidad en vosotros, os comunicará un sentimiento de fuerza en el Señor y tendrá por resultado que permanezcáis sin cesar con él, ya sea que estéis solos o con otros, que os dediquéis a los cuidados de la casa, que leáis u oréis. Solamente, no atribuyáis el poder de esta oración a la repetición de ciertas palabras, sino al hecho de que conserváis el intelecto y el corazón vueltos hacia el Señor, repitiendo esas palabras. Dicho de otro modo, a la actividad que acompaña esa repetición.

La corta invocación dirigida a Jesús tiene un fin muy elevado, como es el de profundizar y hacer permanecer el recuerdo de Dios y nuestros sentimientos hacia él. Los llamados que dirigimos a Dios son demasiado fácilmente interrumpidos por la primera impresión que sobreviene; y a pesar de esos llamados, los pensamientos continúan bullendo en la cabeza a la manera de un enjambre de mosquitos. Para hacer cesar ese vagabundaje, hemos de ligar nuestro intelecto a un pensamiento único, o al solo pensamiento del Único. Una oración breve ayuda a realizar eso y a tornar el intelecto simple y unificado; ella desarrolla un sentimiento de amor hacia Dios y lo injerta en el corazón.

Cuando el sentimiento se despierta en nosotros la conciencia del alma se establece en Dios, y el alma comienza a hacer todas las cosas según la voluntad de Dios.

Al mismo tiempo que recitamos la oración, debemos mantener nuestro pensamiento y nuestra atención vuelta hacia Dios; si reducimos nuestra oración sólo a las palabras, seremos como un bronce que suena.

Sobre el fruto de esta oración, se dice que no hay nada más elevado en el mundo. Es falso. ¡La oración de Jesús no es un talismán! Nada en las palabras de la Oración, ni en su recitado, puede, por sí mismo, dar fruto. Todos los frutos pueden obtenerse sin esta oración, e incluso sin ninguna oración vocal, mientras se mantenga simplemente el intelecto y el corazón dirigidos hacia Dios.

La esencia de la oración consiste en permanecer establecido en el recuerdo de Dios y marchar en su presencia. Podéis decir cualquier cosa. «Seguid el método que queráis, recitad la Oración de Jesús, haced inclinaciones y postraciones, id a la iglesia, haced lo que queráis; solamente, recordad constantemente a Dios». Recuerdo haber encontrado en Kiev a un hombre que decía: «No he empleado ningún método, no conocía la Oración de Jesús, sin embargo, por la misericordia de Dios marcho continuamente en su presencia; cómo ha sucedido esto, no lo sé. Dios me ha otorgado ese don».

Incluso cuando recitamos la Oración de Jesús debemos continuar conservando el pensamiento de Dios; de lo contrario, la oración será sólo un alimento desechado. Es bueno que el nombre de Jesús se ligue a nuestra lengua, pero esto no nos impedirá forzosamente dejar de recordar a Dios, ni tampoco nos preservará de los pensamientos que se le oponen. Todo depende, pues, de la constancia de la mirada dirigida hacia Dios, consciente y libremente, y del esfuerzo realizado para permanecer en ese estado.

La Oración de Jesús es como cualquier otra oración. Si es más poderosa que ninguna otra es, únicamente, en virtud del nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Pero es necesario invocar ese nombre con una fe total y sin hesitación, con una certidumbre profunda de la proximidad de Dios, sabiendo que él ve, que él entiende, que él escucha con extrema atención nuestra demanda y que se mantiene listo para responder a ella y acordarnos lo que buscamos. Semejante esperanza no es jamás defraudada. Si lo que pedimos no nos es otorgado inmediatamente, esto puede provenir de que no estamos listos para recibirlo.

Respecto a las técnicas físicas, Los métodos mecánicos descritos en las obras de los Padres son perfectamente reemplazados por una lenta repetición de la oración, con una breve pausa después de cada invocación, una respiración calma y lenta, y el hecho de mantener el intelecto encerrado en las palabras de la oración. Con ayuda de estos medios es fácil progresar en la atención. Con el tiempo, el corazón comienza a vivir «en simpatía» con el intelecto que ora. Poco a poco esta simpatía se cambia en unión del intelecto con el corazón; y entonces las técnicas mecánicas sugeridas por los Padres aparecen por sí mismas.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





¿El secreto de la oración incesante? El amor.

Hablando de la necesidad de la oración, el apóstol nos muestra cómo debemos orar si queremos ser escuchados: «Haced toda clase de oraciones y súplicas»-, dice, en otros términos: «Orad con ardor, con dolor en el corazón, con un ardiente deseo de amar a Dios». Luego agrega: «Orad sin cesar», en todo tiempo. Por medio de esas palabras nos invita a orar con perseverancia e infatigablemente. La oración no debe ser una ocupación limitada a cierto tiempo sino un estado permanente del espíritu. «Tened cuidado, dice San Juan Crisóstomo, de no limitar vuestra oración a un momento particular de la jornada». Es necesario orar en todo tiempo. El apóstol recomienda: «Orad sin cesar» (1 Tes. 5, 17) y, finalmente, nos invita a orar «en el espíritu»; en otros términos, la oración no debe ser solamente exterior, sino también interior, una actividad del intelecto en el corazón. Es en esto donde reside la esencia de la oración, en elevar el intelecto y el corazón hacia Dios.

Los santos Padres hacen, sin embargo, una distinción entre la oración del intelecto en el corazón y la oración suscitada por el Espíritu. La primera es una actividad consciente del hombre en oración, mientras que la segunda es dada al hombre; y aunque él no sea consciente de ello, ella actúa por sí misma, independientemente de sus esfuerzos. Este segundo tipo de oración, suscitada por el Espíritu, no es algo de lo que se pueda recomendar la práctica, pues no está en nuestras posibilidades realizarla. Podemos desearla, buscarla y recibirla con gratitud, pero no podemos alcanzarla cuando queremos. Sin embargo, en aquéllos cuyo corazón está purificado, la oración es, generalmente, movida por el Espíritu. Una oración semejante conserva al alma consciente ante el rostro de Dios omnipresente. Atrayendo hacia sí el rayo divino y reflejando a partir de sí ese mismo rayo, ella dispersa los enemigos. Se puede decir con certitud que ningún demonio puede aproximarse al alma que ha llegado a un estado semejante. Es sólo de esta manera que podemos orar siempre y en todas partes.

El Salvador también enseña la necesidad de la constancia y de la perseverancia en la oración en la parábola de la viuda importuna que consiguió ganar su causa ante el juez inicuo mediante la perseverancia en sus súplicas (Lúe. 18, 1-18). Aparece pues, claramente, que la oración incesante no es una prescripción accesoria, sino la característica esencial del espíritu cristiano. Según el apóstol, la vida de un cristiano está «oculta con Cristo en Dios» (Col. 3, 3). El cristiano debe, por consiguiente, vivir continuamente en Dios, con atención y sentimiento; hacer esto, es orar sin cesar. San Pablo nos enseña, también, que todo cristiano es «el templo de Dios», en el cual «permanece el Espíritu de Dios». Es ese Espíritu, siempre presente, el que ora en él «con gemidos inefables» (Rom. 8, 26), y el que le enseña cómo orar sin cesar.

La primera manifestación de la gracia, cuando ella se emplea en la conversión de un pecador, es volver su intelecto y su corazón hacia Dios. Más tarde, después que el pecador se ha arrepentido y consagrado su vida a Dios, la gracia, que no actúa en él más que exteriormente, desciende sobre él y permanece allí por medio de los sacramentos; entonces, el hecho de tener el intelecto y el corazón vueltos hacia Dios, que constituye la esencia de La oración, llega a ser en él un estado permanente. Esto sólo se hace por grados y, corno sucede con cualquier otro don, ese don debe ser conservado. Ello se logra mediante el esfuerzo en la oración y, en particular, por una práctica paciente y atenta de las oraciones de la Iglesia. Orad sin cesar, ejercitaos en orar, y llegaréis a la oración continua, que actuará por sí misma en vuestro corazón sin que haga falta un esfuerzo especial.

Es evidente que no basta, para observar el consejo del apóstol, practicar simplemente ciertas oraciones prescriptas a horas fijas; es necesario que se marche continuamente ante Dios, que se le consagren todas las actividades a aquél que ve todo y que está presente en todas partes, que se eleve un llamado cada vez más ferviente hacia el cielo, con el intelecto en el corazón. La vida entera, en todas sus manifestaciones, debe estar impregnada por la oración. Pero el secreto de esta vida es el amor del Señor. Como la novia que ama a su prometido está siempre con él por el recuerdo y por el pensamiento, así, el alma unida a Dios por el amor, permanece constantemente con él y le dirige ardientes súplicas desde el fondo de su corazón. «Aquél que está unido al Señor forma un solo espíritu con El» (1, Co. 6, 17).


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales