El calor del corazón

Si vuestro corazón toma calor con la lectura de las oraciones ordinarias y ellas os abrasan de amor por Dios, entonces manteneos en ellas.

La Oración de Jesús carece de valor si se dice mecánicamente. No es más útil, entonces, que cualquier otra oración recitada por la lengua y los labios. Recitando la Oración de Jesús, intentad daros cuenta, al mismo tiempo, de que nuestro Señor está próximo, que él permanece en vuestra alma y sabe todo lo que pasa en vosotros. Despertad en vosotros la sed de vuestra salvación y la certidumbre de que sólo nuestro Señor puede otorgárosla. Entonces, recurrid a aquél a quien veis ante vosotros en pensamiento y decidle: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», o bien: «Oh misericordioso Señor, sálvame por el medio que conoces». No son las palabras lo que cuenta, sino vuestros sentimientos hacia el Señor.

La llama espiritual que hace arder nuestro corazón por Dios, nace del amor que sentimos hacia él. Como él es enteramente Amor, cuando toca el corazón, lo enciende e inmediatamente el corazón se abrasa de amor por él. Es esto lo que debéis buscar.

Que la Oración de Jesús esté sobre vuestra lengua, que Dios esté presente en vuestro intelecto, y que en vuestro corazón esté la sed de Dios, de la comunión con el Señor. Cuando todo esto haya llegado a ser permanente, el Señor, viendo vuestros esfuerzos, os acordará lo que le pedís.

¿Qué deseamos y buscamos mediante la Oración de Jesús?. Deseamos que el fuego de la gracia se encienda en nuestro corazón, y buscamos el comienzo de la oración incesante que pone de manifiesto el estado de gracia. Cuando la chispa divina cae en el corazón, la Oración de Jesús sopla sobre ella y hace brotar la llama. La oración no produce por sí misma la chispa, sino que nos ayuda a recibirla; ¿cómo lo hace? Recogiendo nuestros pensamientos y volviendo nuestra alma capaz de permanecer ante el Señor y de marchar en su presencia. Eso es lo más Importante: permanecer y marchar ante Dios, llamarlo desde el fondo del corazón. Es lo que hacía Máximo de Kapsokalyvia, y todos los que buscan el fuego de la gracia deben hacer lo mismo. No deben preocuparse de palabras ni de actitudes corporales, pues Dios ve el corazón.

Os digo esto porque demasiadas personas olvidan que la oración debe brotar del corazón. Todas sus preocupaciones se dirigen a las palabras y a las posturas del cuerpo, y cuando han recitado la Oración de Jesús un cierto número de veces en su postura preferida, o con postraciones, se muestran satisfechos y contentos de sí mismos, y están inclinados a criticar a aquéllos que van a la iglesia para participar, allí, en la oración común. Algunos pasan así toda su vida, y están vacíos de la gracia.

Si alguien pregunta cómo llevar a buen término la obra de la oración, le respondería: «Tomad el hábito de marchar en presencia de Dios, recordadlo y permaneced en adoración. Para mantener ese recuerdo, elegid algunas oraciones breves y repetidlas a menudo con los sentimientos y los pensamientos que corresponden. Mientras os acostumbráis a esto, el recuerdo de Dios iluminará vuestro espíritu y dará calor a vuestro corazón; y cuando hayáis alcanzado ese estado la chispa de Dios, el rayo de la gracia, terminará por llegar a vuestro corazón. No existe medio por el que vosotros mismos impulséis la oración, eso sólo puede venir directamente de Dios. Cuando la chispa haya llegado, dedicaos solo a la Oración de Jesús y, por su intermedio, convertid esa chispa en una llama. Es el camino más directo.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




La regla fundamental

Mantenerse siempre ante Dios en adoración, esto es la oración continua; ésa es su exacta descripción. Y, a este respecto, la regla de la oración no es más que el aceite para la llama, o la madera en el hogar.

Mediante la gracia de Dios se desarrolla, finalmente, una oración solo del corazón, una oración espiritual, suscitada allí por el Espíritu Santo. Aquél que ora está consciente de ello, aunque no sea él el que hace la oración, pues ella se desarrolla por sí misma en él. Una oración semejante es el atributo de aquéllos que son perfectos. Pero la oración accesible a todos, y que es requerida de todos, es la oración en la cual el pensamiento y los sentimientos están siempre unidos a las palabras.

Existe también otra clase de oración que se denomina «permanecer ante Dios»; consiste en que, aquél que ora enteramente concentrado en su corazón, contempla mentalmente a Dios, presente ante él y en él. Al mismo tiempo, experimenta sentimientos que corresponden a ese estado: temor de Dios y admiración adorante ante su grandeza infinita, fe y esperanza, amor y abandono de la voluntad, contrición y disposición a aceptar todos los sacrificios. Ese estado es acordado a aquél que se absorbe profundamente en la oración ordinaria, de los labios, del intelecto y del corazón; aquél que ora así durante un tiempo bastante largo y de la manera conveniente, conocerá ese estado cada vez con mayor frecuencia, hasta que llegue a ser permanente; entonces se podrá decir que él marcha en presencia de Dios y, esto, constituye la oración incesante. David estaba en ese estado cuando decía de sí mismo: «He colocado al Señor ante mí para siempre. Puesto que El está a mi derecha, no seré confundido» (Salmo, 15, 18).

La regla monástica fundamental es permanecer constantemente con Dios en el intelecto y el corazón, es decir orar sin cesar. Lo principal es tener, constantemente, un sentimiento de amor hacia Dios. Ese sentimiento nos da la fuerza necesaria para llevar una vida espiritual y conservar en nuestro corazón su calor. Es ese sentimiento el que constituye nuestra regla. Durante el tiempo que permanece, él reemplaza todas las otras reglas. Si está ausente, no existen lecturas, por asiduas y numerosas que sean, que puedan suplirlo. Las oraciones son hechas para alimentar ese sentimiento, y si no lo hacen no tienen razón de ser. No son más que un trabajo estéril, semejan a un vestido que no cubre ningún cuerpo, o a un cuerpo sin alma.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




Bajo la mirada de Dios

La práctica de la Oración de Jesús es simple. Permaneced ante el Señor con la atención en el corazón y decidle: «¡Señor Jesucristo. Hijo de Dios, ten piedad de mí!» El aspecto esencial de esta oración no se encuentra en las palabras, sino en la fe, la contrición, el abandono al Señor. Con tales sentimientos, se puede incluso permanecer ante el Señor sin ninguna palabra, y estar, sin embargo, en oración.

Trabajad recitando la Oración de Jesús. Que Dios os bendiga. Sin embargo, al hábito de recitar esta oración oralmente, agregad el recuerdo del Señor, acompañado de temor y piedad. Lo principal es marchar ante Dios, o bajo la mirada de Dios, conscientes de que Dios nos mira, que busca nuestra alma y nuestro corazón, que ve todo lo que pasa. Esta conciencia es la palanca más poderosa que existe en el mecanismo de la vida espiritual.

Está escrito en los libros que, cuando la Oración de Jesús adquiere fuerza y se establece en el corazón, nos colma de energía y expulsa la somnolencia. ¡Pero, una cosa es decir que ella viene habitualmente a la lengua y, otra, que se ha establecido en el corazón!

Penetrad profundamente en la Oración de Jesús con toda la fuerza de que seáis capaces. Ella realizará la unidad en vosotros, os comunicará un sentimiento de fuerza en el Señor y tendrá por resultado que permanezcáis sin cesar con él, ya sea que estéis solos o con otros, que os dediquéis a los cuidados de la casa, que leáis u oréis. Solamente, no atribuyáis el poder de esta oración a la repetición de ciertas palabras, sino al hecho de que conserváis el intelecto y el corazón vueltos hacia el Señor, repitiendo esas palabras. Dicho de otro modo, a la actividad que acompaña esa repetición.

La corta invocación dirigida a Jesús tiene un fin muy elevado, como es el de profundizar y hacer permanecer el recuerdo de Dios y nuestros sentimientos hacia él. Los llamados que dirigimos a Dios son demasiado fácilmente interrumpidos por la primera impresión que sobreviene; y a pesar de esos llamados, los pensamientos continúan bullendo en la cabeza a la manera de un enjambre de mosquitos. Para hacer cesar ese vagabundaje, hemos de ligar nuestro intelecto a un pensamiento único, o al solo pensamiento del Único. Una oración breve ayuda a realizar eso y a tornar el intelecto simple y unificado; ella desarrolla un sentimiento de amor hacia Dios y lo injerta en el corazón.

Cuando el sentimiento se despierta en nosotros la conciencia del alma se establece en Dios, y el alma comienza a hacer todas las cosas según la voluntad de Dios.

Al mismo tiempo que recitamos la oración, debemos mantener nuestro pensamiento y nuestra atención vuelta hacia Dios; si reducimos nuestra oración sólo a las palabras, seremos como un bronce que suena.

Sobre el fruto de esta oración, se dice que no hay nada más elevado en el mundo. Es falso. ¡La oración de Jesús no es un talismán! Nada en las palabras de la Oración, ni en su recitado, puede, por sí mismo, dar fruto. Todos los frutos pueden obtenerse sin esta oración, e incluso sin ninguna oración vocal, mientras se mantenga simplemente el intelecto y el corazón dirigidos hacia Dios.

La esencia de la oración consiste en permanecer establecido en el recuerdo de Dios y marchar en su presencia. Podéis decir cualquier cosa. «Seguid el método que queráis, recitad la Oración de Jesús, haced inclinaciones y postraciones, id a la iglesia, haced lo que queráis; solamente, recordad constantemente a Dios». Recuerdo haber encontrado en Kiev a un hombre que decía: «No he empleado ningún método, no conocía la Oración de Jesús, sin embargo, por la misericordia de Dios marcho continuamente en su presencia; cómo ha sucedido esto, no lo sé. Dios me ha otorgado ese don».

Incluso cuando recitamos la Oración de Jesús debemos continuar conservando el pensamiento de Dios; de lo contrario, la oración será sólo un alimento desechado. Es bueno que el nombre de Jesús se ligue a nuestra lengua, pero esto no nos impedirá forzosamente dejar de recordar a Dios, ni tampoco nos preservará de los pensamientos que se le oponen. Todo depende, pues, de la constancia de la mirada dirigida hacia Dios, consciente y libremente, y del esfuerzo realizado para permanecer en ese estado.

La Oración de Jesús es como cualquier otra oración. Si es más poderosa que ninguna otra es, únicamente, en virtud del nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Pero es necesario invocar ese nombre con una fe total y sin hesitación, con una certidumbre profunda de la proximidad de Dios, sabiendo que él ve, que él entiende, que él escucha con extrema atención nuestra demanda y que se mantiene listo para responder a ella y acordarnos lo que buscamos. Semejante esperanza no es jamás defraudada. Si lo que pedimos no nos es otorgado inmediatamente, esto puede provenir de que no estamos listos para recibirlo.

Respecto a las técnicas físicas, Los métodos mecánicos descritos en las obras de los Padres son perfectamente reemplazados por una lenta repetición de la oración, con una breve pausa después de cada invocación, una respiración calma y lenta, y el hecho de mantener el intelecto encerrado en las palabras de la oración. Con ayuda de estos medios es fácil progresar en la atención. Con el tiempo, el corazón comienza a vivir «en simpatía» con el intelecto que ora. Poco a poco esta simpatía se cambia en unión del intelecto con el corazón; y entonces las técnicas mecánicas sugeridas por los Padres aparecen por sí mismas.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





¿El secreto de la oración incesante? El amor.

Hablando de la necesidad de la oración, el apóstol nos muestra cómo debemos orar si queremos ser escuchados: «Haced toda clase de oraciones y súplicas»-, dice, en otros términos: «Orad con ardor, con dolor en el corazón, con un ardiente deseo de amar a Dios». Luego agrega: «Orad sin cesar», en todo tiempo. Por medio de esas palabras nos invita a orar con perseverancia e infatigablemente. La oración no debe ser una ocupación limitada a cierto tiempo sino un estado permanente del espíritu. «Tened cuidado, dice San Juan Crisóstomo, de no limitar vuestra oración a un momento particular de la jornada». Es necesario orar en todo tiempo. El apóstol recomienda: «Orad sin cesar» (1 Tes. 5, 17) y, finalmente, nos invita a orar «en el espíritu»; en otros términos, la oración no debe ser solamente exterior, sino también interior, una actividad del intelecto en el corazón. Es en esto donde reside la esencia de la oración, en elevar el intelecto y el corazón hacia Dios.

Los santos Padres hacen, sin embargo, una distinción entre la oración del intelecto en el corazón y la oración suscitada por el Espíritu. La primera es una actividad consciente del hombre en oración, mientras que la segunda es dada al hombre; y aunque él no sea consciente de ello, ella actúa por sí misma, independientemente de sus esfuerzos. Este segundo tipo de oración, suscitada por el Espíritu, no es algo de lo que se pueda recomendar la práctica, pues no está en nuestras posibilidades realizarla. Podemos desearla, buscarla y recibirla con gratitud, pero no podemos alcanzarla cuando queremos. Sin embargo, en aquéllos cuyo corazón está purificado, la oración es, generalmente, movida por el Espíritu. Una oración semejante conserva al alma consciente ante el rostro de Dios omnipresente. Atrayendo hacia sí el rayo divino y reflejando a partir de sí ese mismo rayo, ella dispersa los enemigos. Se puede decir con certitud que ningún demonio puede aproximarse al alma que ha llegado a un estado semejante. Es sólo de esta manera que podemos orar siempre y en todas partes.

El Salvador también enseña la necesidad de la constancia y de la perseverancia en la oración en la parábola de la viuda importuna que consiguió ganar su causa ante el juez inicuo mediante la perseverancia en sus súplicas (Lúe. 18, 1-18). Aparece pues, claramente, que la oración incesante no es una prescripción accesoria, sino la característica esencial del espíritu cristiano. Según el apóstol, la vida de un cristiano está «oculta con Cristo en Dios» (Col. 3, 3). El cristiano debe, por consiguiente, vivir continuamente en Dios, con atención y sentimiento; hacer esto, es orar sin cesar. San Pablo nos enseña, también, que todo cristiano es «el templo de Dios», en el cual «permanece el Espíritu de Dios». Es ese Espíritu, siempre presente, el que ora en él «con gemidos inefables» (Rom. 8, 26), y el que le enseña cómo orar sin cesar.

La primera manifestación de la gracia, cuando ella se emplea en la conversión de un pecador, es volver su intelecto y su corazón hacia Dios. Más tarde, después que el pecador se ha arrepentido y consagrado su vida a Dios, la gracia, que no actúa en él más que exteriormente, desciende sobre él y permanece allí por medio de los sacramentos; entonces, el hecho de tener el intelecto y el corazón vueltos hacia Dios, que constituye la esencia de La oración, llega a ser en él un estado permanente. Esto sólo se hace por grados y, corno sucede con cualquier otro don, ese don debe ser conservado. Ello se logra mediante el esfuerzo en la oración y, en particular, por una práctica paciente y atenta de las oraciones de la Iglesia. Orad sin cesar, ejercitaos en orar, y llegaréis a la oración continua, que actuará por sí misma en vuestro corazón sin que haga falta un esfuerzo especial.

Es evidente que no basta, para observar el consejo del apóstol, practicar simplemente ciertas oraciones prescriptas a horas fijas; es necesario que se marche continuamente ante Dios, que se le consagren todas las actividades a aquél que ve todo y que está presente en todas partes, que se eleve un llamado cada vez más ferviente hacia el cielo, con el intelecto en el corazón. La vida entera, en todas sus manifestaciones, debe estar impregnada por la oración. Pero el secreto de esta vida es el amor del Señor. Como la novia que ama a su prometido está siempre con él por el recuerdo y por el pensamiento, así, el alma unida a Dios por el amor, permanece constantemente con él y le dirige ardientes súplicas desde el fondo de su corazón. «Aquél que está unido al Señor forma un solo espíritu con El» (1, Co. 6, 17).


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales


Deseo y sed de Dios

¿Qué sucede a aquél que desea ardientemente orar, o que es atraído por la oración y qué debe hacer? Cada uno tiene experiencia de ese deseo, en mayor o menor grado mientras avanza en el camino de la vida cristiana, – si es que ha comenzado a buscar a Dios mediante un esfuerzo personal -, y hasta que alcanza finalmente el fin deseado: la comunión viviente con Él. Esta experiencia se continúa, por otra parte, cuando el fin ha sido alcanzado. Es un estado que recuerda el de un hombre sumergido en profundos pensamientos, encerrado en sí mismo, concentrado en su alma, no prestando atención a lo que lo rodea, a las gentes, a las cosas, a los acontecimientos. Sin embargo, cuando un hombre está sumergido en sus pensamientos, es el intelecto el que actúa, mientras que aquí es el corazón.

Cuando sobreviene la sed de Dios, el alma está recogida en sí misma y permanece ante la faz de Dios; a veces, ella despliega, ante él, las esperanzas y los sufrimientos de su corazón, como Ana, la madre de Samuel; a veces, ella le rinde gloria, como la muy santa Virgen María; o incluso, permanece ante él en la admiración, como lo hizo a menudo San Pablo. En ese estado, toda actividad personal, todo pensamiento y todo proyecto se detiene; la atención deja de aplicarse a las cosas exteriores. El alma en sí misma no quiere ya interesarse en nada.

Esto puede suceder cuando se está en la iglesia o durante la oración, durante una lectura o una meditación, incluso durante alguna ocupación exterior o mientras uno se encuentra acompañado. Pero
en ningún caso depende de nuestra voluntad. Aquél que ha experimentado alguna vez esta sed no puede olvidarla y busca volverla a sentir; la busca, pero no logrará jamás hacerla volver mediante sus propios esfuerzos; ella viene por sí misma. Una sola cosa depende de nuestra libre voluntad: cuando ese estado
de deseo sobreviene, no permitáis que cese, sino poned la mayor atención en darle la posibilidad de permanecer en vosotros durante el mayor tiempo posible.

La oración interior comporta dos estados. El primero es arduo, es el de aquél que se esfuerza en alcanzarlo por sí mismo; en el otro, la oración brota y actúa por sí misma; se es involuntariamente
arrastrado a él, mientras que el primero debe ser objeto de un esfuerzo constante. En verdad, por sí mismo, ese esfuerzo está destinado al fracaso, pues nuestros pensamientos están siempre
dispersos; sin embargo, testimonia nuestro deseo de alcanzar la oración incesante, y es por ello que atrae sobre nosotros la misericordia del Señor; es por su causa que Dios, de tiempo en tiempo, colma nuestro corazón de un impulso irresistible a través del cual la oración espiritual se revela a nosotros bajo su verdadera forma.

En la oración puramente contemplativa, las palabras y los pensamientos desaparecen, no por nuestra voluntad, sino por impulso previo. La oración del intelecto se transforma en oración del corazón, o mejor, en oración del intelecto en el corazón; su aparición coincide con la del calor en el corazón. A partir de ese momento, en el curso normal de la vida espiritual, no hay ninguna otra. Esta oración, profundamente arraigada en el corazón, puede prescindir de palabras y de pensamientos; puede consistir únicamente en permanecer en presencia de Dios, abriéndole nuestro corazón en la adoración y el amor. Es un estado en el cual se es irresistiblemente empujado a permanecer interiormente en presencia de Dios; o bien es la visita del espíritu de oración. Pero todo esto no constituye todavía la verdadera oración contemplativa, que es el estado de oración más elevado, y que sólo aparece de tiempo en tiempo entre los elegidos por Dios.


Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales




Tres etapas en la oración

Podemos distinguir tres etapas:

  1. el hábito de la oración vocal común, en la iglesia o en la casa.
  2. la unión de los pensamientos y de los sentimientos de piedad con el intelecto y el corazón.
  3. la oración continua.

La Oración de Jesús puede ir a la par con la primera o la segunda de esas etapas, pero su verdadero lugar se encuentra con la oración continua. La condición principal para tener éxito en la oración es purificar al corazón de todas las pasiones y de toda ligazón con las realidades sensibles; a falta de ello, la oración permanecerá siempre en el primer grado, es decir, vocal. Cuanto más purificado esté el corazón, en mayor medida la oración vocal llegará a ser oración del intelecto en el corazón, y cuando el corazón haya llegado a ser totalmente puro, entonces la plegaria continua se establecerá en él ¿Cómo puede llegarse a esto? En la iglesia, seguid los oficios y retened los pensamientos y los
sentimientos que allí experimentáis. En vuestra casa, despertad en vosotros el pensamiento y el sentimiento de la oración, y conservadlo en vuestra alma con la ayuda de la Oración de Jesús.


Otras distinciones

La oración comporta diferentes grados. Al comienzo es sólo una oración en palabras pronunciadas, pero debe acompañarse de la oración del intelecto y del corazón que le da calor y estabilidad. Más tarde, la oración del intelecto en el corazón conquista su independencia; es a veces activa; estimulada por el esfuerzo personal, y a veces actúa por sí misma y es otorgada como un don. La oración en tanto que don es la misma cosa que la atracción interior hacia Dios y se desarrolla a partir de dicha atracción. Más tarde, cuando el estado del alma se ha estabilizado bajo la influencia de esa atracción, la oración del intelecto en el corazón llega a ser constantemente activa. Todas las atracciones pasajeras, experimentadas anteriormente, son transformadas en estado de contemplación; y es allí que comienza la oración contemplativa. El estado de contemplación es una captación del espíritu, y de la visión toda entera, por un objeto espiritual tan cautivante que todas las cosas exteriores son olvidadas y permanecen enteramente ausentes de la conciencia. El espíritu y la conciencia se sumergen tan totalmente en el objeto contemplado que es como si nosotros no lo poseyéramos más.

Oración del hombre, don de la oración, oración de éxtasis

Existe la oración que el hombre realiza, y existe la oración que Dios mismo otorga a aquél que ora (I. Sam. 2,9) (7). ¿Quién no conoce la primera?. Debéis conocer también la segunda, al menos en su comienzo. Quien desea acercarse al Señor comienza a hacerlo por medio de la oración. Comienza a ir a la iglesia, a orar en su casa, con la ayuda de un libro de oraciones o no. Sin embargo, sus pensamientos continúan vagabundeando. No llega a dominarlos. A pesar de todo, cuanto más se sostiene en la oración, en mayor medida sus pensamientos se calman y su oración llega a ser pura. Pero la atmósfera del alma no está verdaderamente purificada hasta que una pequeña llama espiritual no se haya encendido allí. Esa llama es la obra de la gracia, no de una gracia especial, sino de la gracia común a todos. Esta llama aparece cuando el hombre alcanza un cierto grado de pureza en el orden de su vida moral. Cuando se enciende esa pequeña llama, o cuando un calor permanente se forma en el corazón, el torbellino de los pensamientos se aplaca. Sucede al alma la misma cosa que a la mujer que padecía flujo de sangre: «El flujo cesó» (Lúe 8, 44). Cuando se llega a ese estado, la oración llega a ser más o menos continua; y es aquí que la Oración de Jesús sirve de intermediario. Este es el límite que puede alcanzar la oración realizada por el hombre. Creo que esto está bien claro para vosotros.

Más allá de ese estado, nos puede ser acordado otro tipo de oración, que es dada al hombre en lugar de ser realizada por él. El espíritu de oración se expande en el hombre y lo conduce hacia las profundidades del corazón, como si fuera tomado de la mano y conducido por la fuerza de un lugar a otro. El alma es mantenida cautiva por una fuerza que la invade, y ella prefiere permanecer así en el interior, tanto tiempo como esa fuerza irresistible de la oración mantenga sobre ella su dominio. Este «desvanecimiento» se hace en dos etapas. En el curso de la primera, el alma ve todo y permanece consciente de sí misma y de todo lo que la rodea; permanece capaz de razonar y de gobernarse, puede poner fin a ese estado si lo quiere. Esto también debe quedar bien claro para vosotros.

Sin embargo, los Santos Padres, y especialmente San Isaac el Sirio, mencionan un segundo grado de oración que es dado al hombre y desciende sobre él. Isaac considera que esta oración, que él llama éxtasis o arrobamiento, es más elevada que la descrita más arriba. En ésta también el espíritu de oración desciende sobre el hombre; pero el alma llevada por él, entra en tal estado de contemplación que olvida todo lo que la rodea, cesa de razonar y se contenta con contemplar. No tiene ya el poder de controlarse ni de poner fin a ese estado. Recordad aquello que los santos Padres relatan sobre un hermano que entró en oración antes de la comida de la tarde y no volvió en sí hasta el día siguiente por la mañana. Esa es la oración de contemplación, o de arrobamiento. Esta oración es acompañada, entre algunos, por una iluminación del rostro, o una luz que los envuelve o incluso, por la levitación. El apóstol San Pablo estaba en ese estado cuando fue arrebatado hasta el paraíso, y los santos profetas estaban también en ese estado cuando fueron arrebatados por el Espíritu.

Admirad la inmensa misericordia de Dios hacia nosotros, pecadores. Hacemos un pequeño esfuerzo y he aquí en qué maravillas culmina. Se puede, entonces, decir con derecho a aquéllos que luchan: continuad, pues vale la pena.



La esencia de la vida cristiana

Las personas se preocupan de la educación cristiana pero la dejan incompleta. Desdeñan el aspecto más esencial y más difícil y permanecen en lo que es más fácil, lo visible y lo exterior.

Esta educación imperfecta y mal dirigida, forma cristianos que observan lo más correctamente posible todas las reglas y las formas exteriores de una vida devota, pero que se interesan poco o nada en los movimientos interiores del corazón y en el progreso verdadero de la vida interior. Evitan pecar gravemente, pero no velan sobre los pensamientos de su corazón. Se permiten a veces juzgar a los demás, se dejan llevar por el orgullo o la vanagloria, entran en cólera (como si ese sentimiento pudiera ser justificado por una buena causa), se dejan distraer por la belleza o los placeres, ofenden a los demás en sus momentos de irritación, son demasiado perezosos para orar, o se pierden en pensamientos vanos en el momento de la oración. No se turban por tales cosas, considerándolas insignificantes. Van a la iglesia y oran en sus hogares según una regla establecida, se dedican a sus ocupaciones habituales y están perfectamente satisfechos de sí mismos y en paz. Pero no se preocupan casi de lo que pasa en su corazón. Es posible que, durante todo ese tiempo, cultiven malos pensamientos, quitando a su vida, honesta y piadosa, todo el valor que ella pudiera tener.

Tenemos ahora el caso de alguien que conoció algunas debilidades en su vida cristiana. Toma conciencia de sus insuficiencias, constata la imperfección del camino que sigue y la inestabilidad de sus esfuerzos. Se separa entonces de lo que su piedad tenía de formalista para esforzarse en alcanzar una vida interior. Es llevado a ello por la lectura de libros espirituales, por conversaciones con aquellos que conocen la esencia de la vida espiritual o incluso por la insatisfacción que le producen sus propios esfuerzos, por cierta intuición de que algo le falta y que no todo está como debiera.

A pesar de la aparente honestidad de su vida, no ha encontrado la paz. Le falta lo que ha sido prometido a los verdaderos cristianos: «paz y alegría en el Espíritu Santo» (Rom. 14, 17). Una vez que este pensamiento turbador se introduce en él, sus conversaciones con personas experimentadas, o sus lecturas, le revelan lo que no anda bien. Ve el defecto esencial de su vida: su falta de atención a los movimientos interiores de su corazón y su falta de dominio de sí.

Comprende entonces que la esencia de la vida cristiana consiste en permanecer ante Dios con el intelecto unido al corazón, en Cristo Jesús, por la gracia del Espíritu Santo. Llega a ser, entonces, capaz de controlar todos sus movimientos interiores y todas sus acciones exteriores, a fin de ponerlo todo al servicio de la Santa Trinidad, haciendo consciente y libremente una ofrenda de todo su ser a Dios.

Intelecto, corazón, sentimientos

Una vez que se ha tomado conciencia de lo que es verdaderamente la esencia de la vida cristiana y cuando se ha descubierto que se trata de algo que todavía no se posee, el intelecto se pone a trabajar en la esperanza de adquirirlo. Se comienza a leer, a reflexionar y a hablar. Se llega a comprender que la vida cristiana depende de la unión con el Señor. Pero, mientras se reflexiona en esta verdad solamente con la inteligencia, ella permanece lejos del corazón, y no es de ningún modo «sentida». Y, por ese hecho, no da fruto.

Mirad hacia el interior; ¿qué encontráis allí?

En ese momento, el hombre, preocupado, mira hacia el interior de sí mismo: ¿Qué descubre allí? Un vagabundaje de pensamientos y pasiones en incesante movimiento, un corazón frío y duro, la obstinación y la desobediencia, el deseo de hacer todo según la propia voluntad. En una palabra, se descubre interiormente en muy mal estado. Viendo esto, su celo se inflama y pone esfuerzos encarnizados para desarrollar su vida interior, para controlar sus pensamientos y las disposiciones de su corazón.

Los consejos que recibe le demuestran la necesidad de velar sobre sí mismo, de vigilar los movimientos interiores del corazón. Para no aceptar nada malo, es necesario conservar el recuerdo de Dios. Se pone entonces a la obra para llegar a ese recuerdo, para detener tanto el viento como la marea de sus pensamientos. No puede evitar sus malos sentimientos y sus impulsos malvados, del mismo modo que no se puede evitar el mal olor de un cadáver. Su intelecto, tal como un pájaro mojado y transido, no puede elevarse hasta el recuerdo de Dios.

¿Qué hacer entonces? Sed paciente, se le dice, y continuad vuestros esfuerzos. Continúa pues, pero en su corazón todo permanece idéntico. Finalmente, encuentra a alguien experimentado que le explica que todo ese desorden proviene de que sus fuerzas íntimas están divididas. El intelecto y el corazón deben estar unidos, entonces, el vagabundaje de los pensamientos se detendrá y habrá encontrado un timonel para dirigir la barca, una palanca gracias a la cual podrá poner en movimiento todo ese mundo interior.

¿Pero, cómo unir el intelecto y el corazón? Tomad el hábito de pronunciar esta oración: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», poniendo cuidado en mantener siempre la atención del intelecto en el corazón. Y esta oración, si aprendéis a hacerla bien, o mejor, cuando ella esté injertada en vuestro corazón, os conducirá al fin que deseáis. Unirá en vosotros el intelecto y el corazón, arrancará vuestros pensamientos de su vagabundaje habitual y os dará el poder de dirigir los movimientos de vuestra alma.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales

La esencia de la oración

Sin oración espiritual interior, no hay oración en absoluto, pues sólo ella es la oración real, verdaderamente agradable para Dios. Lo que importa es el espíritu presente en el interior de las palabras de la oración. Sea la oración hecha en casa o en la iglesia, si la oración interior está ausente, las palabras no tienen más que la apariencia, y no la realidad de la oración.

¿Qué es, por consiguiente, la oración? La oración es la elevación del intelecto y del corazón hacia Dios, por la alabanza y la acción de gracias, por la súplica también, para obtener las cosas buenas que necesitamos, ya se trate de cosas espirituales o de cosas materiales. La esencia de la oración consiste, entonces, en la elevación espiritual del corazón hacia Dios. El intelecto, encerrado en el corazón, permanece totalmente consciente ante la faz de Dios, colmado de adoración, y expande ante él su amor. Esa es la oración espiritual, y toda oración debiera ser de tal naturaleza. La oración exterior, se haga en casa o en la iglesia, no es más que la expresión verbal y la forma de la oración; la esencia del alma de la oración está en el interior del intelecto y del corazón del hombre. Todo el orden de oraciones establecida por la Iglesia, todas las oraciones compuestas para el uso individual, están llenas de un movimiento de amor hacia Dios. Aquél que ora con sólo un poco de atención no puede evitar dirigirse hacia Dios, a menos que esté completamente desatento a lo que hace.

Nadie puede dispensarse de la oración interior.

No sabríamos vivir espiritualmente a menos de elevarnos hacia Dios por la oración; pero el único medio que tenemos de elevarnos así es la actividad espiritual, pues Dios es espíritu. Hay una oración espiritual que acompaña la oración vocal o exterior, ya sea en la casa o en la iglesia, hay también una oración espiritual que existe por sí misma, sin ninguna forma exterior y sin postura corporal; sin embargo, en uno y otro caso, la esencia es la misma. Esas dos formas de oración son obligatorias, tanto para el laico como para el monje.

El Salvador nos ha recomendado entrar en nuestra celda secreta y, allí, orar al Padre en secreto. «Esa celda secreta, dice San Dimitri de Rostov, significa el corazón». Por consiguiente, para obedecer al mandato de Dios, debemos orar a Dios secretamente con el intelecto en el corazón. Ese mandamiento se dirige a todos los cristianos. El apóstol Pablo da, también, el mismo consejo cuando dice: «Orad sin cesar, dirigiendo todas vuestras súplicas en el Espíritu» (Ef, 6, 18). Entiende por ello la oración espiritual del intelecto y recomienda a todos los cristianos sin distinción orar de esta manera. Recomienda también a todos los cristianos orar sin cesar (1 Tes., 5, 17). Sin embargo, la oración incesante sólo es posible cuando se ora con el intelecto en el corazón.

Cuando os levantéis por la mañana, permaneced con la mayor firmeza posible ante Dios en vuestro corazón, mientras ofrecéis vuestras oraciones; luego, id al trabajo, que es la voluntad del Señor respecto a vosotros, sin que vuestros sentimientos ni vuestra conciencia se alejen de él. De esta manera, cumpliréis vuestro trabajo con las facultades de vuestro cuerpo y de vuestra alma, pero en vuestro intelecto y en vuestro corazón, permaneceréis con Dios.

La oración exterior no es suficiente.

La oración exterior, por sí sola, no basta. Dios mira el intelecto y no son verdaderos monjes los que no unen la oración interior a la oración exterior. En su estricto sentido, la palabra «monje» significa un recluso, un solitario. Aquél que no ha entrado en sí mismo no es todavía un recluso, no es todavía un monje, aunque viva en el más aislado de los monasterios. El intelecto del asceta que no está recogido y encerrado en sí mismo habita, necesariamente, en el tumulto y la agitación. Esto sucede porque él deja entrar libremente una multitud de pensamientos. Su intelecto erra, sin fin ni necesidad, a través del mundo en su detrimento. El retiro del hombre al interior de sí mismo no puede hacerse sin la ayuda de una oración atenta y, en particular, la práctica atenta de la Oración de Jesús.

Alcanzar la apatheia y la santidad – es decir, la perfección cristiana -, es algo imposible para quien no ha adquirido la oración interior. Todos los Padres están de acuerdo sobre ese punto.

El sendero de la oración auténtica se hace mucho más estrecho cuando el asceta comienza a penetrar en él, gracias a la actividad del hombre interior. Sin embargo, cuando él entra en ese camino estrecho y siente hasta qué punto ese camino es necesario para la salvación, y llega a amar su actividad en la celda interior, entonces llega también a amar la estrechez de su vida exterior, porque ella le sirve de claustro y es el lugar de la actividad interior.

Extraido del libro «El arte de la oración» de Teófano el recluso y otros autores espirituales





La oración del intelecto en el corazón.

A veces oramos usando las palabras de oraciones ya compuestas; otras veces la oración nace directamente en nuestro corazón y, desde allí se eleva hacia Dios. Tal era la oración de Moisés ante el Mar Rojo. El apóstol se refiere a ese tipo de oración cuando dice: «Mediante la gracia, cantad en vuestro corazón al Señor». Explicando este texto, San Juan Crisóstomo escribe: «Cantad por la gracia del Espíritu, no es simplemente con los labios, sino con atención, permaneciendo en pensamiento ante Dios en vuestro corazón. He aquí lo que significa la expresión: cantando al Señor; de otro modo, el canto no sirve para nada y las palabras se desvanecen en el aire. No se canta para la asistencia. Incluso sobre la plaza pública, es posible dirigirnos a Dios en el interior de nosotros mismos, y cantar, sin ser escuchados por nadie. Es bueno orar en el corazón, incluso cuando se está en viaje, y ser elevado a las alturas por la oración». Solamente una oración semejante es una oración verdadera. La oración vocal no es una oración si tanto el intelecto como el corazón no oran igualmente.

Esta oración está formada en el corazón por la gracia del Espíritu Santo. Aquél que se vuelve hacia Dios y es santificado por los sacramentos, recibe al mismo tiempo un sentimiento de amor por Dios en el interior de sí mismo; desde ese momento, comienzan a construirse en su corazón los fundamentos del edificio que le permitirá elevarse hacia las alturas. Si no lo destruye por medio de una conducta indigna, ese sentimiento llegará a ser, con el tiempo, la perseverancia y el trabajo, una llama; pero si él lo destruye por su indignidad, aunque el camino del retorno y de la reconciliación con Dios no esté cerrado para él, ese sentimiento no le será ya otorgado en forma inmediata y gratuitamente. Tendrá ante él un largo y penoso esfuerzo para cumplir, para reencontrarlo a fuerza de oración. Pero Dios no rechaza a nadie.

Puesto que todos tienen la gracia, una sola cosa es necesaria: dejar a esta gracia en libertad de actuar. La gracia tiene libertad de actuar cuando el yo se encuentra desleído y las pasiones desarraigadas. Cuanto más purificado está nuestro corazón, más vivo llega a ser nuestro sentimiento hacia Dios. Y cuando nuestro corazón está enteramente purificado, entonces ese sentimiento de calor hacia Dios llega a ser un fuego. Incluso en aquéllos que han cesado por un tiempo de experimentar la obra de la gracia, este calor hacia Dios se reanima largo tiempo antes de que ellos hayan alcanzado una completa purificación de sus pasiones. No es todavía más que una semilla o una chispa, pero si se vela sobre ella con cuidado, brilla y comienza a llamear. Pero ella no es sin embargo todavía permanente; a veces se eleva y a veces vuelve a caer y, cuando brilla, no es siempre con la misma intensidad. Poco importa, por otra parte, con qué fuerza arde; esa llama de amor se eleva siempre hacia Dios y le canta su cántico. Es sobre ella que la gracia construye todo su edificio, pues está siempre presente en los creyentes. Aquéllos que se dan sin retorno a la gracia son guiados por ella; ella los forma y los educa de una manera que sólo ella conoce.

El sentimiento que se experimenta hacia Dios, incluso si no está acompañado de palabras, es una oración. Las palabras sostienen y a veces profundizan el sentimiento.

Conservad con cuidado ese don del sentimiento, que os es acordado por la misericordia de Dios. ¿Cómo? En primer lugar por la humildad, atribuyendo todo a la gracia y nada a vosotros mismos.
Desde que vosotros confiéis en vosotros mismos, la gracia disminuirá en vosotros y, si no os recuperáis, ella cesará por completo su obra Entonces sólo os restará lamentaros y gemir. Por lo tanto, considerándoos como polvo y ceniza, permaneced en la gracia y no volquéis vuestro corazón ni vuestro pensamiento hacia ninguna otra cosa, salvo por necesidad. Permaneced sin cesar con el Señor. Si la llama interior comienza a debilitarse un poco, inmediatamente esforzaos para que retome vigor. El Señor está cerca. Si os dirigís hacia Él con temor y contrición, inmediatamente recibiréis sus dones.

Extraído del libro “El arte de la oración”. Textos de Teófano el Recluso y otros autores espirituales.



La oración de Jesús.

Teóricamente, la oración de Jesús no es más que uno de los múltiples caminos que pueden permitir alcanzar la oración interior;  sin embargo, en la práctica, ella adquirió en la Iglesia Ortodoxa una influencia y una popularidad tales que está casi identificada con la oración interior en sí misma. La oración de Jesús es especialmente recomendada como un camino rápido para alcanzar la oración continua;  el mejor medio, y el más fácil, de concentrar la atención, es establecer el intelecto en el corazón.  esas referencias a la oración de Jesús como camino fácil, no deben, evidentemente, ser consideradas demasiado literalmente. orar en espíritu y en verdad, no es jamás fácil, y menos que nunca en los comienzos de la empresa. Para emplear una expresión rusa, la oración es un podvig, «una hazaña» del combate ascético.

La oración de Jesús es habitualmente recitada bajo la forma: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí». la palabra «pecador» puede ser agregada al final, o la oración puede ser dicha en plural: «ten piedad de nosotros»; pueden existir incluso otras variantes. Lo que es esencial y constante es únicamente la invocación del nombre divino.

La invocación del nombre es una oración de extrema simplicidad. Es una manera de orar que puede ser adoptada por todos: no requiere ningún conocimiento particular, ninguna preparación elaborada. Tal como lo dice un autor reciente, lo único que se debe hacer es comenzar. «Antes de comenzar a pronunciar el nombre de Jesús, estableced en vosotros la paz y el recogimiento: pedir la inspiración y la ayuda del Espíritu Santo… enseguida, comenzar simplemente. Aquel que quiere marchar debe comenzar por dar un primer paso; para nadar, es necesario, primero, arrojarse al agua. Es igual para lo que constituye la invocación del nombre. Comenzar por pronunciarlo con adoración y amor. Manteneos en él. Repetidlo. No penséis que estáis invocando el nombre, pensad en el mismo Jesús. Decid su nombre lentamente, dulcemente, apaciblemente».

Teófano subraya ese carácter de simplicidad muy a menudo: «la obra de Dios es simple: es la oración; es decir, hijos que se dirigen a su padre sin ninguna sutileza… La práctica de la oración  es llamada un «arte» y es un arte muy simple. Permaneciendo con vuestra conciencia y vuestra atención en el corazón, repetir incesantemente: «Señor Jesucristo Hijo de Dios, ten piedad de mí”. 

Se recomienda al principiante recitar la oración «lentamente, dulcemente, apaciblemente». Cada palabra debe ser dicha con recogimiento, sin prisa y, por lo tanto, sin énfasis. La oración no debe ser obligada ni forzada, debe correr naturalmente, apaciblemente. «El nombre de Jesús no debe ser proclamado ni pronunciado con algún tipo de violencia, aunque sea interior». Es necesario orar sin cesar con concentración y atención interior, pero también es necesario no mezclar a la oración un sentimiento de obligación, una intensidad provocada o una emoción artificial.

Siendo tan corta y tan simple, la oración puede recitarse, no importa donde no importa cuando. Puede recitarse en el omnibus, mientras se trabaja en el jardín o en la cocina; vistiéndose o caminando, cuando se padece insomnio, durante los periodos de angustia o de tensión, cuando otras formas de oración se han hecho imposibles. Desde ese punto de vista, es necesario reconocer que se trata de una oración particularmente bien adaptada a la tensión del mundo moderno. Es una oración especialmente recomendada a los monjes, a quienes se entrega un rosario formando parte del hábito; pero es en la misma medida una oración para los Laicos, cualquiera sea su ocupación en el mundo. Es la oración del eremita y del recluso, y al mismo tiempo la oración de aquellos que están comprometidos en el trabajo social, la atención de los enfermos, la enseñanza o la visita de las prisiones.  

Es una oración que conviene a todas las etapas de la vida espiritual, desde la más elemental a la más avanzada.

Extraído del prólogo de Kallistos Ware del libro “El arte de la oración”.